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Son protuberancias, la mayoría benignas, de la mucosa intestinal que pueden medir desde unos pocos milímetros hasta varios centímetros. Son tumores benignos muy frecuentes, con un porcentaje de incidencia del 40%.

Se suelen desarrollar a partir del epitelio glandular o pólipos adenomatosos, que pueden degenerar y convertirse en malignos. La probabilidad de que se conviertan en malignos está relacionada con el tamaño de los pólipos. Cuanto más grandes más probabilidad de que sean tumores malignos. Los póliposintestinales crecen muy despacio, aproximadamente, a una media de un milímetro al año y por este motivo, suelen tardar muchos años en degenerar. Aproximadamente, el 75% de los cánceres intestinales se desarrollan a partir de los pólipos adenomatosos. Por eso es muy importante reconocer los pólipos intestinales a tiempo y extirparlos para prevenir el cáncer.

Normalmente, alrededor de un tercio, los pólipos muestran muy pocos síntomas y se hallan por casualidad cuando se realiza una gastroscopia como prueba diagnóstica de otra patología. Los otros dos tercios pueden mostrar síntomas diversos, con mayor probalidad según el tamaño y número de pólipos. Pueden detectarse por alteraciones del tránsito intestinal, dolores abdominales o por pérdidas hemáticas o presencia de moco en las deposiciones.

Para efectuar el diagnóstico de los pólipos intestinales se emplea la exploración del recto con un tacto rectal, la prueba de sangre en las deposiciones (no apreciable a simple vista), un enema opaco (prueba de contraste por el ano) y, sobre todo, la colonoscopia. De este modo, no sólo pueden detectarse los pólipos sino también extirparlos de inmediato en la misma prueba. Con un examen microscópico del tejido se puede determinar con certeza si el pólipo es benigno o maligno.



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